El estigma: el villano de la salud mental.

La mayoría de las personas que llegan al consultorio tienen miedo de ir al psiquiatra, usualmente la causa del temor es el estigma alrededor de las enfermedades mentales, de los tratamientos para los padecimientos y sobre los profesionales de la salud mental. Escribo este texto con la intención de que el conocimiento nos ayude a ver de dónde vienen los padecimientos mentales, apoye a la psiquiatría cómo ciencia médica e incite al lector a poner su granito de arena en disminuir el estigma que tanto afecta a los pacientes y a sus familias. La Organización Mental de la Salud calcula que

25% de las personas padecen una o más enfermedades mentales a lo largo de su vida, el estigma que viven estas personas, la vergüenza y la culpa que siente el enfermo -y su círculo cercano- sumado a los síntomas y las consecuencias sociales de la misma, causa que al menos 50% no reciba ningún tratamiento o no el tratamiento adecuado.

La psiquiatría es la rama de la medicina que se ha dedicado a tratar a personas con enfermedades mentales, ciencia que ha evolucionado de la mano con el resto de las neurociencias. Los psiquiatras aportan todos los días conocimiento sobre el funcionamiento del cerebro, de la mente y de la relación de la mente con el cuerpo. La psiquiatría continúa siendo la especialidad médica donde la clínica es decir, los signos y síntomas que muestra el paciente son el centro del diagnóstico y del tratamiento. En una consulta psiquiátrica habitualmente se realiza una historia clínica detallada similar a las realizadas en otros consultorios médicos y después se procede a analizar los signos y síntomas que el paciente refiere cómo parte de su malestar. Detallar los síntomas incluyen determinar las características de lo que la persona siente, piensa y ha notado que ha cambiado en su forma de ser y relacionarse, recalcando el tiempo de inicio, la duración y frecuencia de aparición de los síntomas así cómo la relación con enfermedades físicas o sucesos sociales que puedan estar involucrados. El médico psiquiatra puede realizar una exploración física y/o neurológica para orientar su diagnóstico así cómo solicitar laboratorios, imágenes o estudios electrofisiológicos.


Vamos a adentrarnos en los orígenes de esta rama de la medicina. Hasta 1800 las enfermedades del cerebro se definían cómo neurológicas y sólo se consideraban enfermedades cuando el médico encontraba un daño visible del cerebro en la autopsia o la persona había sufrido algún accidente o infección que avalara el posible daño en el cerebro. Por supuesto que desde entonces los seres humanos presentaban alteraciones en el ánimo, en el sueño, o padecían dependencia a sustancias, sin embargo,

estos ‘males’ eran manejados de manera distinta pues no contaban con signos físicos o daños evidentes en el cerebro. Las personas con este tipo de cuadros se clasificaban cómo personas con problemas de moral o de voluntad, esto les daba la característica de “débil” o “con falta de carácter”

y eran tratados con todo el estigma que esto acompaña. Aunque esta división entre pacientes sucedía hace muchos años, esta idea prevalece en muchas personas hoy en día perpetuando el estigma, causando retraso en solicitar atención médica y así agravando las enfermedades.


Las personas con padecimientos depresivos, discapacidad intelectual, epilepsia, trastornos del espectro autista por ejemplo, eran consideradas enfermas de la moral, desamparados e incurables por lo que recibían un trato abusivo, muchas veces violento y poco humano en asilos con celdas, tratamientos a base de agua, purgas, sangrías y otras torturas en lugar de terapéuticas apropiadas. Aunque afortunadamente se modificaron todos estos malos tratos, la percepción social es que ir al psiquiatra conlleva un riesgo de ser considerado ‘loco’, ‘terminar encerrado’ o de ‘quedar peor’, con riesgo de hacerse ‘adicto’ por el medicamento. El estigma apoyado por la propia historia y la opinión mediática ocasiona que pocas personas vean la psiquiatría cómo un camino para buscar apoyo y para sanar, resultando en empeoramiento de los síntomas, complicaciones graves y sufrimiento importante para la persona y su círculo cercano.


A mediados del siglo XIX sucede un cambio de paradigma importante frente a las enfermedades mentales gracias al precursor de la psiquiatría, el Dr. Philippe Pinel, médico francés y zoólogo quien fue Director Médico del Hospital de Salpêtrière en París. El Dr. Pinel insistió en que las enfermedades psiquiátricas no eran una desviación moral sino padecimientos que debían ser tratados por un especialista médico. Estableció que las enfermedades mentales suceden en personas con una predisposición genética a las mismas y una exposición a algún estrés social o psicológico importante; se empeñó en mejorar el trato a los pacientes, dedicándose al entrenamiento de médicos sobre ofrecer un trato humano a los pacientes.

Afortunadamente, el Dr. Kraepelin, neurólogo alemán apoyó esta propuesta y estableció que el origen de las enfermedades psiquiátricas es biológico y genético, es decir todas las enfermedades mentales tenían un orígen biológico - lesión o disfunción cerebral - y una base genética -heredabilidad-.

Hasta 1920 comprendimos que la psicoterapia también modifica el funcionamiento del cerebro y que las emociones y cogniciones maladaptativas son la base de muchos padecimientos mentales. Para 1950 la investigación científica encuentra que las catecolaminas (dopamina, serotonina y norepinefrina) están implicadas en trastornos afectivos. Juntos, la terapia cognitivo conductual y la hipótesis de las catecolaminas, tuvieron un impacto sustancial en el tratamiento del trastorno depresivo y los trastornos de ansiedad, los más frecuentes en la sociedad. En este momento de la historia las “histeria” o “neurosis” era diagnosticada en soldados de guerra y en mujeres, causando estigma, aislamiento y exclusión. Los tratamientos farmacológicos y psicoterapias basadas en evidencia aún no se ofrecían de forma generalizada y los síntomas eran de difícil control lo que aportó importante estigma frente a las enfermedades mentales. En la actualidad se mantiene este estigma-o percepción negativa- frente a las enfermedades mentales, etiquetando a las personas ‘neuróticas’, a pacientes con enfermedades funcionales ‘manipuladores’ o que están mal ‘porque no le echan ganas’ una vez que el tratamiento no ha funcionado cómo fue deseado.


A partir de los 70s con la existencia de la fluoxetina, la mejoría de los tratamientos psicoterapéuticos y el trato ambulatorio y humano a los pacientes la ciencia psiquiátrica ha evolucionado a pasos agigantados. El avance en la radiología, electrofisiología y en los modelos animales han logrado dar información de cómo funciona el cerebro, comprobar la parte biológica de las enfermedades y a comprender mejor la relación cerebro-mente y mente-cuerpo. Esto ha dado a la psiquiatría uno de los mayores avances de las especialidades médicas de la segunda mitad del siglo XX a la fecha mejorando de manera sustancial los tratamientos y lo que se puede ofrecer al paciente. Los psiquiatras en la evaluación al paciente continuamos basándonos en los signos y síntomas de las enfermedades, y los estudios de laboratorio o imágen aún no pueden ‘mostrar la enfermedad’ en todos los casos. Esto deja espacio para el estigma, para que el paciente, y médicos alejados de la ciencia, interpreten que la persona con un padecimiento mental no está enferma, lo presenta porque quiere (es algo voluntario), porque se lo merece (es algo moral) o lo está aparentando pues no puede tener una ganancia secundaria de otra forma (es una falla de carácter). Estas creencias mantienen vivo el estigma dentro y fuera de los consultorios médicos y salas de urgencias, retrasan el tratamiento oportuno y frenan la investigación y la ciencia.


Hoy escuchamos con frecuencia sobre los descubrimientos y avances en neurociencias. Es emocionante comprender a un órgano llamado cerebro que contiene a la mente. Entendemos la mente cómo el resultado de la acción de billones de neuronas y sus interconexiones, que procesan información, determinan el comportamiento -y las emociones- y son las encargadas del funcionamiento de todo nuestro cuerpo y de nuestra relación con el medio. Dentro de este universo maravilloso, existe el estudio de las enfermedades mentales las cuales están asociadas a distintos daños o disfunciones, de señales eléctricas, o de las vías neurológicas, o de los receptores neuronales y/o de los neurotransmisores, o del desarrollo neuronal. Todas estas disfunciones o daños pueden manifestarse en una persona cómo alteraciones en sus habilidades sociales, coeficiente intelectual, deseos, pensamientos, percepciones, juicios, abstracciones, sensaciones y emociones. Por ejemplo, algunos síntomas que encontramos en personas con enfermedades mentales:

  • la persona está viviendo síntomas de tristeza, de desgano o de apatía, de aislamiento, menciona dificultad para pararse de la cama y terminar las tareas que tiene pendientes; incluso siente vergüenza al comentar que no puede bañarse diario ‘no le dan ganas’.

  • a alguien le sucede que no puede dejar de pensar en su salud, no puede dejar de pensar siempre en lo mismo, esta preocupación le da vueltas en la mente y no se puede concentrar al leer o al escuchar una conversación; platica que tiene miedo a salir a la calle es algo que nunca había sentido, y lo culpa a la inseguridad pero ya tuvo problemas en la escuela de sus hijos.

  • una señora que tiene la necesidad de revisar 15 veces la llave del gas, y lo hace; tiene tics desde chica pero no se ha tratado pues nos quiere ir al psiquiatra, nos comparte que tiene rutinas en casa que si no completa en su totalidad le causan angustia, lo sigue pensando durante el día o se tiene que regresar a hacerlo. Ha notado a su hija con los mismos comportamientos y esto le preocupa.

  • nos platica un señor que ha olvidado en más de una ocasión cómo ir a su casa saliendo de una tienda; que tiene insomnio, que no puede parar de comer durante la noche y que está siendo maltratado en su casa porque ha cometido múltiples errores, desde hace un año bebe todos los días, se ha metido en problemas por que no puede parar de beber una vez que empieza.

  • una jóven nos comparte que no le gusta su cuerpo, que lo ve feo aunque los demás opinan diferente; que se ha jalado el pelo tanto que tiene un espacio vacío en el cuero cabelludo; que ha llorado sin razón varias veces e incluso no ha podido contenerse enfrente de gente desconocida; que se considera perfeccionista pero ahora ha llegado al llanto por no llegar a tiempo a sus clases, o a roto trabajos en la escuela por no estar perfectos.

  • un estudiante nos cuenta que se ha rascado tanto la piel hasta sangrar por tener angustia, que no aguanta tener pesadillas todos los días y que no puede disfrutar ninguna de sus actividades, que ha dejado de disfrutar salir con sus amigos pues frecuentemente piensa en que algo malo va a pasar y eso le quita la energía.

  • un adulto nos platica que inició con tartamudeo, que olvida lo que va a decir cuando presenta un trabajo frente a su jefa y que esto le ha traído problemas y angustia, piensa que tiene una enfermedad grave por lo que ha ido a muchos médicos quien siempre le dicen que está sano lo cual le ha dejado con deudas y triste pues no sabe qué le está pasando.

Entre muchos otros relatos, estos sólo son ejemplos de algunos síntomas que ocasionan las enfermedades mentales. Las personas con una enfermedad de la función mental viven con mucho dolor, angustia y frustración. Todos merecemos comprensión, compasión, esperanza, sanación y recuperación cuando estamos cursando con una enfermedad, en el caso de las enfermedades mentales es lo mismo. Solicitar ayuda es el primer paso para sanar y el estigma reduce esta posibilidad. Como comunidad debemos enfocarnos en disminuirlo hasta erradicarlo, el número de personas con padecimientos psiquiátricos crece todos los días y el tratamiento tarda en ocasiones hasta 10 años en llegar. Conocer la psiquiatría cómo especialidad médica basada en evidencia científica es el inicio, además de normalizar algunas prácticas que ayudan a lograrlo. En nuestro lugar de trabajo o estudio podemos dejar de reforzar los prejuicios y estereotipos alrededor de las enfermedades mentales empezando a cuidar el uso de nuestras palabras: “es bipolar”, “está loca”, “no le creo, se está haciendo”, “era tan lindo no puedo creer que este loco”, “‘échale ganas”, “te quejas mucho”, y asegurarnos que no lo hagan en nuestra presencia.

Igualmente si iniciamos algún proyecto asegurarnos que exista un manejo y trato igualitario entre personas que cursan con alguna enfermedad mental y el resto de las personas.

Individualmente podemos lograr erradicar el estigma con conocimiento: saber qué hace el psiquiatra, conocer que las enfermedades mentales existen, saber que las medicinas existen para ayudar y poder compartir esta información con paciencia y respeto. Es muy importante saber escuchar a los nuestros, apoyarles y mostrarles empatía, pero sobre todo apoyar la decisión de buscar ayuda con un profesional de la salud mental. Por otro lado, sí padeces algún padecimiento mental una gran herramienta contra el estigma es hablar de ello y del camino andado hacia la mejoría, del tratamiento y los cambios de vida que te han ayudado, es importante siempre hacerlo con las personas en quienes confías y en ambientes seguros. Al hablar de tu experiencia dejas saber a otros que no hay ninguna vergüenza o culpa en vivir con un padecimiento mental, en recibir farmacoterapia o psicoterapia. Tener una enfermedad es algo más en tu vida, no algo definitorio para ti ni tu futuro, el eje de la salud es la salud mental.


Evitemos el estigma con uno mismo, evitar juzgarnos por tener una enfermedad mental nos permite avanzar, comprender y ayudar a otros. Es importante no sentir vergüenza y de ninguna manera significa no poder ser la persona que deseas ser hoy y en el futuro. Saber que tu enfermedad no es culpa tuya, ni de nadie, hace una gran diferencia en tu salud y en tu vida. En cada uno de nosotros está la responsabilidad de evitar la ignorancia y el estigma que rodea a las enfermedades mentales, así evitamos el aislamiento y la falta de tratamiento adecuado para nosotros y para cada persona que lo necesita.



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